Con los parpados sedientos de sueño
Y la mente perdida en algún lugar del pasado
Sorbía el vaso de quemante licor.
Como diluir los recuerdos que emergían
De aquel oscuro y hermético sarcófago,
Como blanquear la bendita mente
De los malditos ayeres y del impune hoy.
Rasgaba la piel tan solo por inercia
Dejando salir el rojo dolor gota a gota.
De vez en cuando, la luz del cigarro
Evidenciaba la locura estampada en su rostro
Y los surcos Marcados con estelas de tiempo
Lo tornaban engendro de una cruel existencia
Ángel, de una sempiterna despedida.
Sabía que la muerte no lo llamaría,
Que haber fallecido en vida
Ahuyentaba cualquier atisbo de fin
De esta cruenta agonía.
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